Un faro olvidado
Recuerdo que hace unos veinte años, antes de Facebook y Whatsapp , era usual que las familias de personas desaparecidas empapelaran los postes de las ciudades con afiches urgentes donde solicitaban razones sobre sus seres queridos repentinamente perdidos. Se intuía en aquellas impresiones una cierta desesperación, una cierta premura y un inmenso dolor.
Una foto pixelada, un nombre ignoto, un número de teléfono y un “Se busca” en mayúscula, en tipografía bold que evocaba escenas remotas de películas Western. Imagino que no se trataba de una metodología muy efectiva. Pero ahí estaban, como un grito inútil y a la vez imprescindible.
En nuestra historia patria, sea lo que sea que eso signifique, no se documentan episodios de desapariciones vinculadas a las grandes narrativas políticas. Es decir, no tenemos desaparecidos en el sentido chileno o argentino. Y quizás por eso aquellos afiches de hace unos veinte años resultaban tan desgarradores. No tenían pedestales donde sostenerse y colapsaban rápidamente con la misma intrascendencia de un anuncio de alquiler o de corrección de tesis.
Eran desaparecidos humildes, desaparecidos a quienes no les asistía el favor de la epopeya.
Una mujer sencilla.
Un jumas.
Un loquito.
Una niña.
Un pendenciero.
Ciertamente buena parte de la historia (y las historias) de la humanidad tiene que ver con eso: la búsqueda del otro perdido. Sucede desde Telémaco hasta la atroz Llorona que vaga por los ríos, desde Cary Grant en el Empire State hasta el hermano de Lico Anchía en los mercaditos de Plaza Víquez.
Existir, según parece, implica una pérdida.
O, mejor dicho, una búsqueda.
O, lo que es igual, una espera.
Si un muelle no es más que un puente inconcluso, existir se parece a un muelle. Eso explica por qué nuestro diario discurrir, como aquellos afiches de hace unos veinte años, no pasa de ser un oficio semejante al de los faros olvidados que lanzan señales a barcos pérdidos que, seguramente, nunca volverán.
FABIÁN COTO CHAVES
@fabicocha