¿Por qué las mujeres ven las películas porno hasta el final?

Con esta pregunta empezaba un chiste de los años 90. “Para ver si se casan”, era el remate. En aquel tiempo me pareció gracioso, y hoy, revelador.

No es cierto, muy aficionadas al porno no éramos. En cambio, sí es verdad que lo que echábamos de menos era trama y diálogos. Qué dijo él y qué dijo ella, qué dijo él y qué dijo ella, y qué respondió entonces él. Palabra por palabra. “Empieza desde el ring-ring del teléfono”, pide una personaje a su amiga en un cuento de la escritora Lucia Berlin, para que narre el asunto como estamos anhelando conocerlo las lectoras. “Sonó el teléfono”, empezaba en mi adolescencia gran parte de las narraciones orales de amor (“”). Meto aquí entre paréntesis un kit de comillas por si alguna quiere usarlas cada vez que aparece la palabra amor.

En las pelis porno de esos años lo que sonaba no era ring-ring sino toc-toc, y ya estaba ella ahí en la puerta, “informal pero arreglada”, como seguro la recuerdan. La fantasía era la contraria: menos palabras y drama cero. Se le llamaba película pornográfica a un tipo de film que respondía al gusto de ellos, no al nuestro. Al igual que se le llamaba historia de aventuras a aquellas donde ellos iban y venían, ¿y ellas? Aquí en palacio, bien gracias.

Aclaración: no es que se echara de menos diálogos y trama para obtener un film cinéfilo. No, diálogos y trama eran requeridos para los mismos objetivos: excitarse venéreamente. Mejor aclaro, no vaya a creerse que estoy comparando Pasión de gavilanes o Cincuenta sombras de Grey con Ingmar Bergman.

En cuanto las mujeres empezaron a ser productoras y consumidoras de historias, la vaina cambió y, mientras Brian Fitzgerald andaba epopéyico atravesando un barco por media selva amazónica, muchas hubiéramos estado más interesadas en las pequeñas narrativas cotidianas de su mujer. “Esta mañana, al fin, se fue Brian”, habría empezado el relato narrado por mí.

Que es lo que, también al fin, tenemos hoy: más mujeres escritoras y más mujeres lectoras y más actoras y protagonistas, y más consumidoras de historias, siendo todos estos mases causa y efecto de sí mismos.

Cuando los premios y agendas editoriales priorizan a las mujeres es porque somos más las lectoras, y hoy todas leemos las cavilaciones sentimentales de Jane Austen con mucho más interés que las obsesiones de un capitán cojo persiguiendo una ballena. O sea que sí, es cuestión de mercado, como dicen algunos peyorativamente. ¿Cuál mercado? El que tienes ahí colgado. Así decía un chiste de los años 90. Pero no, ya no es ese mercado, queridos.

CATALINA MURILLO

Escritora y guionista

@catalina_murillo_valverde