Paisajes eléctricos, paisajes del capital
GUSTAVO CAMPOS
¿Cómo cambia el paisaje? Hay un camino que pasa por mi casa. Siempre ha existido desde que tengo memoria. Hoy es la carretera de la Ruta 3, que viaja en sentido Heredia-San José, San José-Heredia. Aquí, donde Heredia deja de ser, pero nunca será San José. Antes existía una empresa que se llamaba Atlas y después cambió su nombre a Mabe. En ese entonces sólo sabía que ahí ensamblaban refrigeradoras, cocinas y tal vez otros electrodomésticos. A las 5:00 de la tarde todos los días sonaba una alarma que indicaba el cambio de turno y entonces, al rato yo veía a los trabajadores que volvían a sus casas con su camisa azul y jeans. La mamá de alguien que conocí trabajó ahí, trabajó ahí después de venirse de las bananeras en Limón. Creo que ya no quería padecer las enfermedades que produce trabajar en el Caribe y las malas condiciones que allí hay, en las bananeras, en las plantaciones.
Antes de los 9 años yo no lo entendía, pero esa mujer era viuda, vivía sola con su hijo a quién yo conocía de la escuela. Nosotros, los niños, nunca fuimos buenos con él. Le poníamos apodos para que se enojara y nosotros nos riéramos. La crueldad de la inocencia. La normalización de la violencia. Años después me di cuenta que una vez lo encontraron detrás del baño llorando por todo lo que le decíamos. A los 9 años dudo que alguno de nosotros supiera realmente el daño que le estábamos haciendo, en especial cuando nuestros padres lo llamaran negrito, porqué era de cariño, decían. Aún en la escuela, lo más que hicieron fue decirnos que no le llamáramos así, nunca nadie nos dijo que eso era racismo, o tan si quiera, nunca se nos dijo que era exactamente ser racista. Es como cuando en el Ministerio de Educación Pública decidieron quitar Cocorí como lectura obligatoria de las escuelas, ningún maestro de escuela explicó por qué era racista, sólo había que quitarla porqué era racista. Para mí, seguramente ni los propios maestros y maestras sabían por qué era racista. Sé que el niño llegó al colegio y todo mundo dejó de decirle cosas como negrito. Tal vez, lo comenzaron a llamar por su nombre. Después de eso, no sé qué pasó con él o su mamá. Ya Mabe no es una fábrica, cerró en 2015 sus operaciones en Costa Rica, ahora sólo es eso de, puestos autorizados que vende repuestos en numerosos puntos a nivel nacional. Algunas mercancías consiguen quedarse en circulación y otras solo las transforman en otras mercancías.
Con la pandemia, en 2020 abrieron un Walmart, la cadena de supermercados gringa para la clase media estadounidense. Por muy extraño, acá en Costa Rica va un porcentaje no despreciable de gente que, con un poco de dinero de más, va a comprar un refresco o un six de Imperial Silver y sale también con una pantalla plana o un colchón king-size. Esa es nuestra clase media, la que se ataca por una oferta de cervezas a mitad de precio. Antes de ese Walmart había un zacatal que se extendía hasta una quebrada que desemboca en el río Virilla y hacía una división con Santa Rosa. Hace no mucho desapareció el rótulo de Se Vende y lo cercaron para que, entre otras cosas, nadie se metiera a hacer sus necesidades. Así también se lucen los procesos de acumulación originaria.
Santa Rosa siempre fue desconocido para mí, tal vez porqué en esta parte nunca había existido un camino peatonal o como mínimo, un paso para bicicletas. Ahí solo transitaron camiones con mercancías y gente que se movilizaba en sus carros o usaba el mísero transporte público de la interlinea. Era una carretera por donde pasan autos todo el día y toda la noche, incluso aún con la pandemia y la restricción vehicular, en el silencio de la noche se escuchaban carreras de motocicletas o también ambulancias que, seguramente, llevaban a alguien directo a cuidados intensivos por COVID. En ese entonces, la gente sólo se enfermaba de COVID y nada más, o eso era lo que los medios de comunicación, presidencia y el ministro de salud, Daniel Salas, daban a entender todos los días a medio día en Canal 7, el noticiero favorito de la clase media costarricense. Hoy sabemos que quienes estuvieron detrás de eso, fueron los mismos de la reforma fiscal de 2018.
Esta parte de la Ruta 3 la recuerdo con atropellos bastante trágicos. Personas que intentaron cruzar la calle porqué la parada del bus de San José, cuando venían de trabajar o en general, gente que venía de San José, les dejaba del otro lado y para poder ingresar a Lagos tenían que atravesarla. En los años en que se fundó Lagos, las ventas de casas tenían el atractivo de la cercanía con San José, cerca de los lugares de trabajo. No recuerdo un año en que no hubo un atropello ocasionado por un carro o algún camión. Recuerdo que una vez atropellaron a una señora que evitó que atropellaran a unos niños. Mi papá estaba vivo aún y me había llevado a la vela en la iglesia de aquí de Lagos. Fue la primera vez que estuve en una vela de alguien que murió, cosa que con el pasar de los años, se me hizo frecuente asistir a más y más velas, velas de personas que yo nunca conocí, pero que eran cercanas a personas cercanas a mí. Recuerdo haber ido a velas de familiares de compañeros de la escuela. Recuerdo el suicidio de una muchacha que iba a mi escuela y le hicieron la vela ahí. Una vez alguien me dijo que ella no se había suicidado, que la había asesinado el novio. Ella era una niña en aquel entonces.
Después del 2015 y el cierre de Mabe, dejaron de pasar trabajadores por mi casa. No es que no hubo más trabajadores, es que los habían despedido de sus trabajos por el cierre de las empresas, muchas tal vez por la absorción de una trasnacional que había llegado al país con la intención de empujar nuevos aires. Luego de Brasil 2014 y el PAC, la clase media se sintió muy cómoda, con nuevos aires. Con la pandemia mucha gente se hizo ciclista, emprendedor, runner y tiktoker. Yo caí en una de esas trampas. Salía a correr por las tardes, cuando ya habían acabado clases por zoom o me escapaba de ellas, luego, en Semana Santa, cuando las chicharras contrastaban con su ruido metálico el barullo de la electricidad en los postes de luz.
Nunca había ido más allá de Lagos a pie. Mis papás siempre me dijeron que era peligroso. Me jugaba que me atropellaran para llegar hasta la Valencia y tomar el camino que lleva por detrás de varias bodegas y las oficinas del Amazon que queda en Lagunilla. Allí había muchas chicharras. Aquí los nombres de los lugares tienen nombres relacionados con el agua, nunca se me va a olvidar el estúpido chiste de José Rafael Quirós Quirós el día de la confirma. José Rafael Quirós Quirós, un cartago que acabó siendo arzobispo de la arquidiócesis de San José. Digamos, un cartago de corte neoliberal si se quiere. Cuando vino, dijo que era súper chistoso que aquí todo se llamara como el agua: Los Lagos, Lagunilla, Barreal. La gente tal vez recordaba las lluvias de esos años cuando las casas se terminaron inundando y algunos árboles se enredaron con los cables de luz. Aquí gente ha dicho que antes eran lodazales llenos de aguas estancadas infestadas de mosquitos. Eso me ha llevado a pensar que, en 1714, cuando decidieron traspasar la ermita que habían hecho en Lagunilla en 1705 para que los que vivían de este lado del valle no tuvieran que ir a misa hasta Cartago, fue también por una cuestión de comodidad y huir de los zancudos y los caminos llenos de barro. Por eso la iglesia más vieja de Heredia, fue la que formó el centro de Heredia. ¿José Rafael Quirós Quirós se habrá venido a San José pensando lo mismo de los barreales de Cartago? Más allá, más acá, es otro Heredia.
Donde estuvo Atlas y después Mabe ahora hay un almacén donde la gente puede comprar las cosas que se pierden en aduanas y no son reclamadas por los usuarios de Amazon. Mi mamá y mi prima van muy seguido. Mi mamá, viuda, va con las amigas. Mi prima, que trabaja en un callcenter, va con el novio. Una vez mi prima me contó que habían encontrado entre los cajones, implantes de seno, una caja de plugs anales de varios colores, una colección de dildos y una caja para BDSM. También cuentan que venden paños para la cocina, coffeemakers, parlantes, ropa, zapatos y cables de cargador. Mercancías de todos los tipos, colores y sabores. En un mercado, a fin de cuentas, uno tiene la posibilidad de elegir libremente cosas que no necesita hasta que las ve, cochinadas, dice el papá de una amiga. Curiosamente los sábados, los cajones se llenan de productos tipo celulares caros, audífonos y otros electrónicos de marcas caras, al cómodo precio de tan solo ₡6900. De un tiempo para acá, he visto que religiosamente desde el viernes en la noche, hay como tres familias que ponen tiendas de campaña y sillas plegables en la acera para hacer fila y poder entrar de primeros por la mañana, arriesgándose claro, al frío, los atropellos o los mosquitos. Se les ve felices, ponen música, fuman y llevan comida. Duermen por turnos.
Más adelante, en el cruce de La Valencia, hace no mucho abrieron una plaza, tiene un KFC que pasaron anunciando por dos semanas con una promoción de alitas; tiene también un Starbucks que, después de cierta hora, uno puede llevar al perro y el perro se puede tomar un café. Al frente queda un cafetal, un McDonalds y una iglesia evangélica, tres etapas diferentes del capitalismo en Costa Rica reunidos al mismo tiempo, en un viejo cruce de carretas. El cafetal, por supuesto insignia de nuestra democracia rural, es cama de algunos perros que no los llevan a tomarse un café a Starbucks. Más allá de Heredia, esto es todo lo que hay: el recuerdo de una carretera moldeada poco a poco por empresas, alarmas para el cambio de turno y personas despedidas, mandadas a vivir en condiciones marginales por tipos de violencias todas normalizadas; la falta de muchas cosas, entre unas, la seguridad de poder cruzar una calle a salvo después de pasar horas frente a una línea de producción, sólo para volver a la casa, dormir y levantarse al día siguiente a trabajar y evitar ser despedido; un olvido, una fuga en la memoria de alguien y una especie de felicidad dada por los mercados neoliberales en forma de cajones y nostalgias. Hasta las chicharras, creo, se disputan el paisaje sonoro contra el cableado electrificado de los postes de luz. Yo también tengo sueños eléctricos ¿serán estos los sueños en el neoliberalismo?
GUSTAVO CAMPOS
@pasadolejano__