Las palomas de la memoria
En 1929 aparece una noticia en el periódico El Sol donde leo lo siguiente: unos delincuentes de Renania extorsionaron a un industrial y este les envió dinero mediante palomas mensajeras. Un rudimentario aeroplano, según se cuenta, siguió el vuelo de las dichosas palomas y de ese modo la policía logró dar con los criminales.
En 1928 el Diario Costa Rica informaba acerca de la audacia del ejército estadounidense: le ataron silbatos en la cola a las 1251 palomas que conforman su flotilla militar para así protegerlas de los ataques de los halcones. Esta técnica, al parecer, ya había sido desarrollada por los chinos, quienes soltaban centenares de palomas con silbatos durante las festividades y provocaban paisajes sonoros sobrecogedores.
En 1936 en La Revista de Agricultura aparece una nota sobre el palomar que Bernardo Montes de Oca tenía en la finca La Cañada: una de las palomas que allí moraba, La 66, era bisnieta de un ave que sirvió en la Primera Guerra Mundial.
En otra finca, en la Laguna, en Curridabat, hasta no hace mucho podían verse las ruinas de un palomar: estaba implicado en la tapia de calicanto y probablemente había sido erigido desde los tiempos en que la propiedad fue vendida por la familia Sánchez a Walter Field Spencer.
Reviso más periódicos y encuentro más referencias colombófilas: una paloma voló entre Managua y San José en menos de cuatro horas. Otra alcanzó una velocidad de 900 metros y pico por minuto en un recorrido entre Peñas Blancas y Santa Ana. Figuran, también, los nombres de antiguos palomares: Colima, México, Plaza y El Yen, el cual perteneció a Sunichi Kobayashi, maestro del karate-do en Costa Rica.
Rebusco en mis archivos y encuentro un texto que escribí hace más de veinte años: habla sobre las palomas mensajeras de Francia, sobre su estatus de reservistas permanentes y sobre la posibilidad de ser reclutadas en cualquier momento. Me topo con otro, aún más viejo, que va de una paloma que se extravió en el océano.
Luego me asalta algo que bien podría ser un falso recuerdo.
O tal vez no.
Una impresión, ligeramente borrosa, de haber sostenido una charla con mi abuelo en la que me cuenta que su padre, mi bisabuelo, era aficionado a las palomas. Imagino, así, la casa del barrio Asís y casi soy capaz de ver a mi bisabuelo, a quien no conocí, frente a una jaula de palomas de Castilla.
Javier Ceballos decía, a propósito de la cetrería, que la relación entre humanos y rapaces tiene un punto de partida muy específico: cuando el ave escoge al humano. Algo semejante debió suceder con las palomas: por eso muchas de las que hoy defecan sobre los monumentos y los parques, a lo mejor, descienden, aunque sea de forma remota, de palomas célebres, héroes de guerra o campeonas de certámenes.
A inicios de los años noventa, un carajillo de El Bosque solía cazar palomas en el parque de Los Ángeles. Contaba, según me dijeron, con la autorización del sacerdote. Varias veces a la semana se le veía llegar muy temprano con un puñado de maíz y con un cordel de ropa y, tras un par de horas, se marchaba con un racimo de palomas colgando del pantalón. Teníamos, más o menos, la misma edad.
Lo vi un par de veces y la escena me resultaba atroz: un carajillo harapiento caminaba por el parque y dejaba una estela de plumas como un ángel pobre. Las palomas, atadas a la faja del pantalón, se retorcían y batían las alas frenéticamente. Su reclamo no era vocal, era alado, era un reguero de distancia hecha pedazos.
Más de tres décadas después pienso en todas las imágenes poéticas con las que seguimos azotando a las palomas.
Las manos de la amada.
Una mirada asustada.
La pureza.
El espíritu santo.
Pienso, por supuesto, en las palomas de Rafael Alberti, en el arrepentimiento de Dios tras el diluvio, en canciones cursis y en los sonetos de Góngora.
Pienso en todo ello y recuerdo al carajillo de El Bosque y me convenzo de que ninguna metáfora basta para conjurar la tozudez de la realidad.
FABIÁN COTO CHAVES
@fabicocha