Amor era
Gumersinda y Chimpandolfa (nombres ficticios, claro está, pero ya que son ficticios, por qué siempre los mismos, tan poco literarios) se mesan los cabellos allá en el año 3023, si es que cabellos quedan en las humanas cabezas; todo apunta a que no, a que tras tanto cortarse y arrancarse los pelos de una forma u otra, la genética se ha dado por vencida.
Para esta simpática pareja de antropólogas, hace ochocientos años ha pasado The Big Boom o Gran Catapúm (en español), y quedó todo tan pulverizado, derretido, esfumado que, aun con todos los avances tecnológicos y científicos, no es fácil para ellas rastrearnos a nosotros, sus antepasados.
De todas formas, no es de índole tecnológica la dificultad con la que llevan batallando unos meses. El enigma que intentan desentrañar “hoy”, un día de primavera de inicios del tercer milenio, les resulta tan opaco que hasta ignoran lo que ignoran.
Gumersinda y Chimpandolfa lograron rescatar unos versos, juntando pedazos entre lo que quedaba de unos chips: ¿Qué se ama cuando se ama? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor? ¿Quién es? Ellas los adoptaron como pregunta central de su tesis, situada en el primer cuarto del siglo XXI: ¿Qué se amaba cuando se amaba? ¿Qué se buscaba, qué se hallaba, qué era eso de “amor”?
Desde luego, el tema era omnipresente. ¿Era una psicosis colectiva? ¿Una euforia, un fanatismo? Todas las comunicaciones humanas, incluyendo las comunicaciones con máquinas y con animales, estaban mediatizadas por el amor, todo terminaba siempre con un “te amo”; todo, perros, gatos, pájaros, zarigüeyas, todo era amado y, en algunos casos, también era fuente de amor. Se amaba a los territorios, se amaba a los árboles, se amaba a los ancestros, se amaba la música, se amaba los autos, las joyas; se amaba las costillas de cerdo en salsa dulce, tanto como a los cerdos en sí, dando saltitos en sus cuatro pezuñas.
El amor estaba identificado con la víscera del corazón, la cual se representaba así: ❤️, y por doquier estaba ese símbolo, si símbolo era: en los mensajes, en las envolturas de comida, en los ojos de los peluches, en las uñas puntadas, en los collares de los perros. Una fábrica de galletas promocionaba su producto diciendo: Hecho con amor; un taller mecánico anunciaba que “trabajamos con amor”; algunas campañas políticas no dudaban en atravesar el amor como su eje central.
El amor era una cualidad o ¿una energía? suprema y en general se consideraba que todos los problemas planetarios se debían a la falta de amor. Algunas enfermedades eran vistas como faltas de amor. Amor era lo que todo mundo decía querer y necesitar, pero no todo el mundo lo conseguía. Quizás era como ciertas cosas congénitas: se tienen o no se tienen, elucubraban Gumersinda y Chimpandolfa. Se suponía que todo el mundo lo merecía, eso sí parecía deducirse del discurso preponderante.
-El amor lo era todo, aunque…
-Aunque a la vez había muchas voces que advertían que no todo lo llamado amor era amor…
Se miran las dos antropólogas atónitas y siguen desentrañando el misterio.
Había que estar alerta, decían algunas voces, que advertían que se usaba el amor para muchos engaños; se usaba al igual que ciertos lemas o eslóganes en Estados autoritarios. Lo curioso es que nadie renegaba del amor, no había disidentes del amor; quienes lo cuestionaban, lo colocaban en otro sitio, eso era todo.
-No sentir amor o ser incapaz de sentirlo hubiese sido…
-¡Anatema! -interrumpe una a la otra.
-Exacto.
Meses, llevan (llevaban, llevarán, llevarían, quién sabe cómo se escribe el futuro) con la bendita tesis, cuando una noche descubren que, en algunos ámbitos, específicamente entre personas sin carencias materiales (curioso, curioso), se empezó a decir que lo opuesto al amor era el miedo. Tras siglos, ¡milenios!, de considerar al odio antítesis del amor, algunos humanos empezaron a redireccionar el concepto y decían que no, que lo contrario al amor era el miedo.
¡Ajá! Chimpan y Gumer ven cómo se abre una senda hacia el eureka de su tesis, tras tanto tiempo sintiéndose más perdidas que el viejo Averroes.
-Quizás el amor era una nueva forma de odio…
-Eso parece, sí. Pero… ¿por qué? ¿Cómo llegaron ahí nuestros peludos ancestros?
-Pues porque… Porque el odio estaba desterrado.
-¡Exacto! En el fascismo de la víscera roja…
-¡El odio era tabú!
-¡Exacto!
-¡Qué listas somos!
-Eso tampoco se podía decir, ja ja ja.
-Claro que sí: era odio propio, ja ja ja.
Están tan contentas. Ríen, brindan, celebran esa noche de epifanía. En el futuro (un futuro también con respecto a ellas), su tesis será considerada la explicación más certera al violento reseteo planetario de 2222.
Catalina Murillo
Escritora y guionista
@catalina_murillo_valverde