Mi abuelo, según me dijo, habló con Calufa…

Silvio tiene una canción donde cuenta que su abuelo, allá en Tampa, alguna vez habló con Martí. Yo, de cierto modo, como Silvio, soy de donde hay un río y no digamos de la punta de una loma, pero sí de la falda de un volcán. Y mi abuelo, según me dijo, habló con Calufa. 

El enormísimo Calufa. 

El irrepetible Calufa. 

Mi abuelo, Juan Chaves, nació en Barreal de Heredia y quedó huérfano muy tempranamente. Así era el siglo XX: si los padres no se trituraban en las guerras, se trituraban en el ámbito de las infecciones y las patologías prevalentes desatendidas. Y, bueno, como acá casi no había guerras (apenas la de Coto y, mucho después, la de Figueres), entonces, los niños solían quedar huérfanos sin los favores de la épica. 

Padres y madres a quienes un día les daba un cólico y al otro estaban indagando las raíces del zacate. 

Padres y madres arrebatados por microorganismos ominosos que hoy no resistirían una banal inyección de penicilina aplicada en cualquier EBAIS del país. 

Juan Chaves, por unos instantes, fue el ser humano más joven del planeta. Siete años después ya había perdido a su papá,  a su mamá y a más de un hermano. Eran los inicios de los años treinta y en la Heredia de su infancia no era raro que los huérfanos deambularan por los parques. Justo en esa contextura accidental, según me dijo, conoció a Calufa. Y así fue como mi abuelo, que se sabía de memoria poemas de Darío y algo le hacía a la cantada, empezó a canturrear en los parques las canciones que un zapatero comunista le enseñó. 

Canciones que hablaban de cosas muy tristes. 

Canciones que hablaban de la vida aciaga de los trabajadores. 

Canciones inventadas por Calufa. 

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Ifigenia me regaló Crónicas bananeras, el maravilloso libro de Roberto Herrscher, y mientras lo leo recuerdo la canción de Calero, personaje de Mamita Yunai que muere abatido por un árbol hostil. Busco la letra en Google para determinar si aquella canción, en realidad, es un tango de Cátulo Castillo o Discepolín, si es un bolero de Silvia Reixach o de Bobby Capó o si es una traducción de un tema que hicieran Bertolt Brecht y Kurt Weil a cuatro manos. 

No aparece nada, solo fragmentos de Mamita Yunai, papers anodinos, artículos académicos insustanciales que hablan lo siempre y pasan por alto eso que Herrscher sí entendió, que Calufa es como Sarmiento y que por tanto nadie podría haber escrito un libro así. 

Le pregunto a mi papá (que es una Wikipedia musical, un Shazam humano) y me dice que no le suena, que no la recuerda. 

Con alto grado de incerteza, concluyo que esos versos que cantaba Calero, seguramente, fueron invención de Calufa, el zapatero comunista que le pagaba a mi abuelo por cantar canciones propagandístcas en los parques:  

Conozco un mar horrible y tenebroso 

Donde los barcos del placer no llegan; 

Solo una nave va, sin rumbo fijo  

Es una nave misteriosa y negra. 

¿Quiénes van ahí, qué barco es ese, 

 Sin piloto, sin brújula y sin vela? 

Pregunté una vez y el mar me dijo: 

Son los desheredados de la tierra, 

Son los hermanos que sin pan ni abrigo 

Van a morir entre mis ondas negras.

***

Es domingo. 

Llueve. 

El sopor de la jornada laboral que se avecina me conduce a mi “estudio”, eso que antes fue “el cuarto de la muchacha” y que ahora está decorado con un cuadro de Alejandro Robles, extraordinario pintor de Frailes, y un retrato de Figueres que perteneció a mi abuela María Luisa. Se trata de un espacio reducido donde hay un baño, una salida al mínimo ámbito de aire libre al que llamamos patio de luz y una puerta que conecta, cómo no, con la cocina: el universo de “la muchacha” estaba reducido al sueño, a las ollas y a los cordeles para tender ropa ajena. 

Leo y releo los versos que cantaba Calero y no puedo dejar de pensar que se trata de una síntesis perfecta del Barco borracho de Rimbaud y Niebla del riachuelo de Tita Merello. 

Hace unas horas mi tío Juan Carlos, el hijo menor de mi abuelo Juan Chaves, me mandó por Whatsapp una improvisada versión de una de las canciones que cantaba mi abuelo.

Una de las canciones calufianas.  

Una de las canciones sobre bananeras y sindicalistas. 

Recuerdo que mi abuelo, ya de viejo, solía echarse en un sillón con la cabeza terciada, una guayabera y unos anteojos de pasta gruesa y aventuraba un canturreo flébil, lejano. 

¿Qué de dónde, amigo, vengo? 

¿Qué de dónde, amigo, vengo? 

De una casita que tengo

allá dentro ´el bananal

La canción hablaba de que, en el tal comisariato, venden caro lo barato y te cobran lo peor. Y luego decía, palabras más, palabras menos, no se olvide usted de Mora, defensor de los derechos del pueblo trabajador. 

Una rima perfecta. 

Una consigna perfecta. 

Se trata, ciertamente, de una reelaboración de la popular canción de Pedro Infante, La casita. Pero eso no va en menoscabo de la extraordinaria capacidad publicitaria de Calufa. 

Alguna vez Fallas reconoció que la lectura de El Manifiesto (un libro que, justamente, él conoció en un parque de Alajuela) le transformó la vida. Un libro que tanto Silva como Eco definieron como una obra maestra de comunicación política. Un libro, también, perfecto desde el punto de vista literario. 

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Sebastián Basualdo tiene una novela maravillosa sobre un padre arruinado. Cuando te vi caer, así se llama. Va, entre otras cosas, de un supuesto veterano de Malvinas que termina derrotado justo en ese momento donde los jóvenes se vuelven padres de sus padres por obra y gracia de la alfabetización informática.  

En esa novela se menciona algo que me resulta tremendo: cada época tiene sus colores, sus tonalidades. Me hace pensar en lo que decía Malaparte sobre los colores y las naciones y sobre lo que decía Falcinelli sobre la relación entre Flaubert, Goethe, el romanticismo, la melancolía y el color azul. Pero, también, me hace pensar en que hay épocas donde, así como imperan ciertos colores, imperan ciertos sentidos. 

Hoy, por decir algo, tenemos una literatura donde se habla muchísimo de música. 

Hace unos 80 o 90 años era, más bien, raro: teníamos una literatura sorda.   

Calufa fue una excepción. 

Escribió un cuento sobre una niña que tenía una guitarra con conchas y escribió otro, más político, donde los obreros de una zapatería polemizan con el patrón acerca de géneros musicales: si tango o si ópera. 

Sus personajes, como ya se dijo, cantaban. 

Él mismo cantaba y tocaba la guitarra. 

Y, según mi abuelo, que nunca fue comunista, le pagó por cantar canciones comunistas en los parques de Heredia de los años treinta. 

FABIÁN COTO CHAVES

@fabicocha