Elogio de la mediocridad y la vida

Ahora está claro que no basta tener museos, universidades, WiFi  y bibliotecas para salvarnos.

Ni basta hablar pomposa y floridamente de la justicia.

Ni basta lanzar virtuosas e inútiles iniciativas en Change.org.

La razón ilustrada, esa vacuna que, aparentemente, nos inmunizaba contra la barbarie, se agotó. O quizás nunca funcionó y todo fue un ilusorio roadtrip a través de un empedrado de buenas intenciones. 

Hoy los psicópatas se reconocen únicamente en otros psicópatas. Los rencorosos en otros rencorosos. Los pelones en otros pelones. Los daltónicos en otros daltónicos. Los superhombres en otros superhombres.  Los intelectuales en otros intelectuales. Y todo esto resulta escandaloso para quienes solo pueden reconocerse en el espejo fatal de la derrota porque, como decía Stendhal, las verdades ofenden.

La realidad, ciertamente, ha estado en crisis desde hace mucho: desde que un demente lector de novelas de caballería reinventó a Amadís de Gaula hasta estos años urgentes en los que subnormal vociferante hace campaña política con una motosierra. 

Sin embargo, pareciera que en este momento somos más sensibles a los indicios de la debacle. Y pareciera que somos menos capaces de gestionar la sospecha de que el mundo, en efecto, fue y será una porquería y que, pese a ello, vale vivir y vale la pena defender la vida. 

En una entrevista inédita que fue publicada recientemente por Orsai, Borges recuerda a Carlyle cuando decía que toda obra humana es deleznable. Y sí, es cierto, toda obra humana es deleznable. No importa si se trata de El clave bien temperado de Bach o un reguetón de Ozuna. 

Esta, en principio, podría parecernos una consideración humillante y decepcionante. Pero la puerilidad de nuestras obras es, también, nuestra salvación en tanto nos obliga a tomar una actitud reverencial ante aquello que existe a despecho de nosotros o, mejor dicho, aquello que existe sin necesidad de nosotros.  O sea, nos sitúa en un momento de comprensión profunda ante la naturaleza y la vida y, sobre todo, ante su carácter indiscutiblemente milagroso y bello.

Tetsuro Watsuji estaba en Alemania para el estreno de Metrópolis, la célebre película de Fritz Lang. Watsuji, que ya había descreído un poco del individualismo radical de la filosofía occidental (de ahí que se divorciara de Shopenhauer y de Nietzsche), se sorprendió de que la audiencia, compuesta predominantemente por alemanes, aplaudiera y se exaltara ante las imágenes de carros voladores y ante el avistamiento de un robot antropomorfo. Lo que más le escandalizó, sin embargo, fue que todos permanecieran impávidos ante la visión de un futuro donde los millonarios vivían en formidables rascacielos mientras los obreros estaban confinados en guetos ominosos. 

Ese tipo de cosas le contó a su esposa en una carta. 

Watsuji regresó a Japón porque su padre había enfermado. Pero no es del todo descabellado suponer que su regreso estuvo motivado, también, por la aversión que sintió ante esa exultante devoción por la técnica y ese desprecio por lo humano y lo natural. Dicho de otro modo, por todo aquello que se representa de forma tan oscura y tan sórdida en Metrópolis. 

Algo semejante le había ocurrido a Sayyid Quṭb en su viaje al Estados Unidos de la posguerra: lo que para los occidentales era un mundo maravilloso de casas amplias, trabajos estables, barbecues y electrodomésticos, para el fundador de los Hermanos Musulmanes era una atroz, pagana e insensible exaltación de la individualidad. 

Skolimowski decía que, a inicios de siglo XX, tuvo lugar un entuerto: la filosofía abandonó la propuesta de Whitehead (más holística, más integral) y abrazó la de Russell, quien, no en vano, dijo alguna vez que las ecuaciones tienen la misma fría belleza del mármol. 

Pero, quizás, todo ocurrió muchísimo antes. 

Tal vez con los presocráticos. 

Hoy, en todo caso,  pareciera estar muy claro que nos embarcamos y que, bajo las condiciones actuales, bajo un modo de producción como este, resulta imposible conciliar la defensa de la vida y la mejora en las condiciones materiales de vida de las grandes masas. O dicho de otro modo:  pareciera que no es posible sostener la defensa de la vida desde un enfoque estrictamente moderno e ilustrado. 

No se trata, por supuesto, de una consideración particularmente novedosa. 

Muchísima gente, incluidos los románticos, ya lo sugirieron de forma infinitamente más elocuente. 

Buena parte de los problemas de la humanidad se evitarían si tan solo nos quedáramos en casa. Esa es la gran enseñanza de Oblomov, la novela de Goncharov en la que un aristócrata decadente se postra en un diván mientras todo se hace ruina. 

La revolución y la tragedia iban a llegar de todos modos. 

Ya fuera que los terratenientes y los nobles estén en los parlamentos, en los cafés o en las alcobas. 

Porque la crisis fue, es y será inevitable. 

No obstante, mientras haya un guardabosques que proteja un cedral de los incendios, mientras alguien salve un manuscrito o una receta antigua, mientras exista quien profiere una palabra amable en el momento exacto, mientras alguien acaricie un animal herido, vale la pena seguir viviendo. 

FABIÁN COTO CHAVES

@fabicocha