Amores de una bruja: un cortometraje
RAFAEL ÁNGEL HERRA
«Se arreglan maridos» dice el rótulo frente a una cabaña del Caribe enmarcada por un horizonte irreal. Amores de una bruja empieza mostrando el plano exterior de la casa, en una de cuyas ventanas se atisba a una mujer en movimiento. Cuando la cámara vuelve a activarse en el interior de una habitación, el rostro de un joven muerto ocupa el primer plano. Sigue un cambio de imagen y se ven dos mujeres. La de más edad empieza a practicar movimientos extravagantes, exclamando al mismo tiempo voces incomprensibles. Los artilugios mágicos casi pantagruélicos, apuntan a resucitar el cadáver. Sin éxito. La mujer desiste y cuelga el chaleco de guirnaldas en un maniquí, y se va.
La compañera se queda barriendo (a fin de cuentas no sobra escoba en casa de brujas), hasta que, como cualquier novata osada, recoge el chaleco, se lo pone, y empieza nuevos gestos y artilugios, pero ya no con aspavientos, sino sosegados. El golpe definitivo no proviene de ella, sino de un tocadiscos de acetato en el que pone a sonar A good man is hard to find (Bessie Smith) por cuyas notas victoriosas revive el muerto súbitamente. Dos primeros planos marcan la intensidad de los ojos resucitados: el muerto no se hace esperar ni rogar, sino que se incorpora, gira sobre la mesa y salta al piso para entregarse a un baile exultante y extraño. Los espectadores llegamos a comprender lo bien que combinan el jazz y los zombis, y tan verdadero es esto que tras un parpadeo no hay uno sino tres, y luego cinco zombis danzando al ritmo de una coreografía que solo interpretan quienes regresan de la muerte: muertos vivos con el cuello torcido, entre ágiles y tiesos.
El final está antecedido por cierta camaradería milagrosa donde conviven las mujeres y los personajes masculinos en un escenario onírico cargado de luces psicodélicas y con una armazón que imita un espacio fantástico donde predominan tonos de púrpura, carmín y rosado. Inexplicablemente, en la escena siguiente, las mujeres tratan de escapar, los zombis las persiguen forcejeando por la rendija de la puerta que las aquellas tratan de cerrar, pero luego interviene un cambio de sentido. En el último episodio las dos mujeres tumbadas en hamacas se hacen servir, triunfantes. Aunque medio torpes, han puesto a su servicio a los muertos vivos. Aquí reaparece el rótulo de la primera imagen del cortometraje: «Se arreglan maridos». La bruja madura lo recoge y lo instala en la sala. En buena lógica de lo imposible hecho realidad, no le sorprenderá a nadie que las brujas hayan arreglado a los maridos… de otras, resucitándolos, para quedarse con ellos y ponerlos a su servicio hasta quién sabe cuándo.
El relato, que quiere ser un drama de brujería y del juego mujer/hombre con la muerte, introduce el elemento fantástico desde el principio, aunque lo habitual es que lo siniestro espere el fin de la historia para distorsionar la normalidad poniendo a prueba los parámetros de los personajes y del espectador. Desde luego nada impide que el hecho disruptivo sea el tema mismo del cuento que en este cortometraje propone cómo vencer a la muerte: mientras fracasa la magia esperpéntica, triunfan las insinuaciones sensuales de la joven aprendiz de bruja. El deseo y el jazz resucitan a los muertos en un mundo de colores y música embriagantes.
Junto al triunfo contra la muerte, el humor se toca incluso con lo grotesco. Este doble efecto llega hasta el final combinando dos factores estéticos que rara vez empatan: lo monstruoso y la risa. Los zombis al servicio de las mujeres. Los maridos reparados.
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* Amores de una bruja: cortometraje de Jurgen Ureña y libreto de Emma Tristán.